
Ryszard Kapuscinski, El sha o la desmesura del poder.
- Y no tiene ninguna importancia -dijo Wolf-, si se ha vivido. Pero de lo que me quejo es de que se empiece por envejecer. Mire, señor Brul, mi punto de vista es simple: mientras exista un lugar en el que haya aire, sol y hierba, tenemos la obligación de lamentar no estar allí, sobre todo si somos jóvenes. Boris Vian. La hierba roja.









Hay veces en las que la velocidad de la piel que recubre tus actos se enlentece hasta situarlos bajo la lente del microscopio. Epifanías, más o menos agradecidas. Unas cuantas, notas tus pies levantándose del suelo pulgada a pulgada, y empujándote hacia un destino inexorable, da igual si agradable o no. Otras, las expresiones de los que te rodean se muestran a cámara lenta, arrugándose y estirándose hasta formar espantosas caricaturas con un simple arqueamiento de cejas o un leve descenso de la comisura de los labios. Hay momentos en los que la música se descompone hasta desaparecer en un tiempo más lento que la más lenta de las lentas redondas, y otras en las que la estridencia de las notas más agudas parece amenazar con perforarte el tímpano. Hay incluso veces en las que se da la sinestesia y el olor se ve y el tacto se oye.
A mí me es especialmente fácil pasar del oído al tacto.
A mi me es especialmente fácil darme cuenta cuando me pongo borde de que me estoy poniendo borde. A cámara lenta. Muy lenta. Y me imagino cogiendo un cigarrillo y experimentando por enésima vez cómo la velocidad de expiración del humo es relativamente proporcional a la velocidad de salida de esa borde que se estaba apoderando de mí.
Líneas escritas con un cigarrillo de plástico mentolado rechinando entre los dientes. Muy, muy despacio.
Es lo que tiene dejar de fumar por enésima vez y pasar la tarde con una buena amiga. Entre eso y el ser perdiz... algún día tenía que caer la cursilada.
Ciertamente nunca me pareció muy sexy, pero como interprete de clásicos americanos me parece insuperable.

Cada mañana cojo el metro. Ferrocarriles de la Generalitat (la versión pija del asunto) y el propiamente llamado Metro (el metro en sí, el noúmeno, el auténtico “underground”).
Esta mañana, sin manos libres con las que aguantar un diario, leía entre las cabezas de los pasajeros que los detenidos el otro día en el Raval pretendían atentar ahí abajo, que tres de ellos se querían inmolar y hacer saltar los vagones por el aire.
Me imagino a Ricard que va solo al cole un ratito antes que yo. A Sara, que va con toda la clase, a Marta que viaja a mi lado con su mochila atiborrada de libros.
Recuerdo las imágenes de las noticias de ayer en televisión. Palestinos derribando un muro y saltándolo, escapando como una bebida gaseosa después de ser encerrada en una lata y salvajemente agitada.
Llego al cole y suelto en secretaría una trompa, una trompeta, un maletín de partituras y una mochila de natación. Vuelvo a la calle y al metro. Ahora sólo llevo un bolso y puedo coger el diario. Lo leo detenidamente. La vieja nausea se empieza a apoderar de mí. Recuerdo a mi abuela, cuya máxima ambición cuando tenía 95 años era tenernos a todos a su lado día y noche. El terror al terror, al dolor, al vacío.
El desequilibrio hormonal no ayuda. Empeora las cosas. Pienso en dejarme barba y coger un fusil. Marcharme lejos. Acertar en el blanco. ¡La rabia es terrible!
Pero no hay blanco. No serviría de nada. Es una mierda.
Llego a la columna de Cris F. Recomienda que soltemos el bolso y lo metamos todo en los bolsillos. Me hubiera encantado cruzarme con ella esta mañana. Habríamos abierto las fundas de los instrumentos y improvisado un concierto en medio del andén. Me imagino el vagón saltando por los aires y la música sonando por encima. Es una mierda.

¡Qué días aquellos en que la frase “sólo sé que no sé nada” marcaba nuestro espíritu con un trazo profundo de austeridad intelectualoide!
La sentencia señalaba las infinitas puertas que se iban abriendo gracias a nuestro esfuerzo neuronal y al cansancio de nuestros ojos que leían, insaciables, tratados y compendios, dando paso a otra infinidad aún mayor de puertas cerradas que nos mostraba la imposibilidad de que nuestras neuronas fueran capaces algún día de lidiar con todos aquellos conocimientos.
La certeza de la humilde ignorancia era de una preciosidad que rayaba lo sublime. Era la insignia de la sabiduría. Llegar a interiorizar realmente la oración era estar pedantemente a salvo de la pedantería.
Me duele, y a la vez me libera, constatar que ya no puedo afirmarla. Ya no sé lo que sé ni lo que no sé; no tengo claro que haya cosas que quiera saber, ni recuerdo demasiado bien las que supuestamente supe.
La certeza ha desaparecido. Quiero creer que para bien. Se ha llevado una buena dosis de pedantería. Sé algunas cosas y sé que la infinidad de puertas es un mero espejismo de la mente jugando a autoalimentarse en sus momentos de ocio aristocrático.
Las neuronas se relajan. Es la vejez. Los mayores de 70 no deberían gobernar.
La falta de noticias no es siempre señal de buenas noticias. En este caso sí. Es lo que tiene la felicidad, que suele ser tremendamente improductiva.
Mientras tanto, el video de una canción que siempre consigue arrancarme una cuantas sonrisas por las mañanas.