
Que no falte la propaganda. El libro lo merece, la Historia también y el autor no digamos :)
http://www.adn.es/pdf/ADN-2008-02-28-BCN.pdf
págs 14-15
- Y no tiene ninguna importancia -dijo Wolf-, si se ha vivido. Pero de lo que me quejo es de que se empiece por envejecer. Mire, señor Brul, mi punto de vista es simple: mientras exista un lugar en el que haya aire, sol y hierba, tenemos la obligación de lamentar no estar allí, sobre todo si somos jóvenes. Boris Vian. La hierba roja.

Hay veces en las que la velocidad de la piel que recubre tus actos se enlentece hasta situarlos bajo la lente del microscopio. Epifanías, más o menos agradecidas. Unas cuantas, notas tus pies levantándose del suelo pulgada a pulgada, y empujándote hacia un destino inexorable, da igual si agradable o no. Otras, las expresiones de los que te rodean se muestran a cámara lenta, arrugándose y estirándose hasta formar espantosas caricaturas con un simple arqueamiento de cejas o un leve descenso de la comisura de los labios. Hay momentos en los que la música se descompone hasta desaparecer en un tiempo más lento que la más lenta de las lentas redondas, y otras en las que la estridencia de las notas más agudas parece amenazar con perforarte el tímpano. Hay incluso veces en las que se da la sinestesia y el olor se ve y el tacto se oye.
A mí me es especialmente fácil pasar del oído al tacto.
A mi me es especialmente fácil darme cuenta cuando me pongo borde de que me estoy poniendo borde. A cámara lenta. Muy lenta. Y me imagino cogiendo un cigarrillo y experimentando por enésima vez cómo la velocidad de expiración del humo es relativamente proporcional a la velocidad de salida de esa borde que se estaba apoderando de mí.
Líneas escritas con un cigarrillo de plástico mentolado rechinando entre los dientes. Muy, muy despacio.
Es lo que tiene dejar de fumar por enésima vez y pasar la tarde con una buena amiga. Entre eso y el ser perdiz... algún día tenía que caer la cursilada.
Ciertamente nunca me pareció muy sexy, pero como interprete de clásicos americanos me parece insuperable.

Cada mañana cojo el metro. Ferrocarriles de la Generalitat (la versión pija del asunto) y el propiamente llamado Metro (el metro en sí, el noúmeno, el auténtico “underground”).
Esta mañana, sin manos libres con las que aguantar un diario, leía entre las cabezas de los pasajeros que los detenidos el otro día en el Raval pretendían atentar ahí abajo, que tres de ellos se querían inmolar y hacer saltar los vagones por el aire.
Me imagino a Ricard que va solo al cole un ratito antes que yo. A Sara, que va con toda la clase, a Marta que viaja a mi lado con su mochila atiborrada de libros.
Recuerdo las imágenes de las noticias de ayer en televisión. Palestinos derribando un muro y saltándolo, escapando como una bebida gaseosa después de ser encerrada en una lata y salvajemente agitada.
Llego al cole y suelto en secretaría una trompa, una trompeta, un maletín de partituras y una mochila de natación. Vuelvo a la calle y al metro. Ahora sólo llevo un bolso y puedo coger el diario. Lo leo detenidamente. La vieja nausea se empieza a apoderar de mí. Recuerdo a mi abuela, cuya máxima ambición cuando tenía 95 años era tenernos a todos a su lado día y noche. El terror al terror, al dolor, al vacío.
El desequilibrio hormonal no ayuda. Empeora las cosas. Pienso en dejarme barba y coger un fusil. Marcharme lejos. Acertar en el blanco. ¡La rabia es terrible!
Pero no hay blanco. No serviría de nada. Es una mierda.
Llego a la columna de Cris F. Recomienda que soltemos el bolso y lo metamos todo en los bolsillos. Me hubiera encantado cruzarme con ella esta mañana. Habríamos abierto las fundas de los instrumentos y improvisado un concierto en medio del andén. Me imagino el vagón saltando por los aires y la música sonando por encima. Es una mierda.

¡Qué días aquellos en que la frase “sólo sé que no sé nada” marcaba nuestro espíritu con un trazo profundo de austeridad intelectualoide!
La sentencia señalaba las infinitas puertas que se iban abriendo gracias a nuestro esfuerzo neuronal y al cansancio de nuestros ojos que leían, insaciables, tratados y compendios, dando paso a otra infinidad aún mayor de puertas cerradas que nos mostraba la imposibilidad de que nuestras neuronas fueran capaces algún día de lidiar con todos aquellos conocimientos.
La certeza de la humilde ignorancia era de una preciosidad que rayaba lo sublime. Era la insignia de la sabiduría. Llegar a interiorizar realmente la oración era estar pedantemente a salvo de la pedantería.
Me duele, y a la vez me libera, constatar que ya no puedo afirmarla. Ya no sé lo que sé ni lo que no sé; no tengo claro que haya cosas que quiera saber, ni recuerdo demasiado bien las que supuestamente supe.
La certeza ha desaparecido. Quiero creer que para bien. Se ha llevado una buena dosis de pedantería. Sé algunas cosas y sé que la infinidad de puertas es un mero espejismo de la mente jugando a autoalimentarse en sus momentos de ocio aristocrático.
Las neuronas se relajan. Es la vejez. Los mayores de 70 no deberían gobernar.
La falta de noticias no es siempre señal de buenas noticias. En este caso sí. Es lo que tiene la felicidad, que suele ser tremendamente improductiva.
Mientras tanto, el video de una canción que siempre consigue arrancarme una cuantas sonrisas por las mañanas.


Esta mañana mi coche no funcionaba demasiado bien. Estaba como tenso y agarrotado, le faltaba brío y alegría. De hecho estaba enfadado, muy enfadado, porque ayer amenacé con dejarlo durmiendo con un cepo en las ruedas y largarme caminando hasta casa. Y es que ayer soplé y soplé a gusto. Conseguí una bonita colección de boquillas. Si no es por Marc, que parece no transmitir el efecto del alcohol a la maquinita, mi querido coche todavía estaría con el cepo puesto.
Era la primera vez que daba positivo en un control, aunque para mi vergüenza debo admitir que podía haber dado positivo mil veces si me hubieran parado más a menudo.
Me hicieron soplar las tres veces de rigor y como aquello estaba claro, clarito, me fui a casa con una bonita multa y cuatro puntos menos en mi haber. Además tengo una propuesta de suspensión de carnet de tres meses. No sé quien decide eso ni en qué se basa para decidirlo a posteriori. ¿Investigarán mi curriculum? ¿Entrevistarán a mis amigos? ¿Buscaran indicios incriminatorios en mi basura?
Mi consuelo (uno intenta consolarse como sea e intenta no pensar lo a gusto que se habría gastado el importe de la multa en cualquier otra cosa) es que por los pelos no superé el límite penal y no tendré que responder delante de ningún juez. Mi mayor cabreo es que el amable Mosso d’escuadra que me multó me informó que en caso supuesto de que quien sea decida retirarme el carnet durante tres meses, podré elegir cuando me lo retiran.
¡Alucinante! ¡Hacen la ley y ellos mismos hacen la trampa! ¿Qué tipo de sanción es esa? ¿Así pretenden acojonarnos? ¿Se ha institucionalizado la figura del poli bueno – poli malo? ¿Malos pero buenos? ¿Presión del colectivo de transportistas? ¿El derecho al coche como herramienta de trabajo manda sobre el deber de no conducir ebrio? Mi resaca me impide centrarme demasiado en el tema, pero me parece una sanción de risa. Yo me lo quitaba ya mismo. Por cretina.
Y unas cuantas más...
Graham Chapman, co-author of the 'Parrot Sketch,' is no more.
He has ceased to be, bereft of life, he rests in peace, he has kicked the bucket, hopped the twig, bit the dust, snuffed it, breathed his last, and gone to meet the Great Head of Light Entertainment in the sky, and I guess that we're all thinking how sad it is that a man of such talent, such capability and kindness, of such intelligence should now be so suddenly spirited away at the age of only forty-eight, before he'd achieved many of the things of which he was capable, and before he'd had enough fun.
Well, I feel that I should say, "Nonsense. Good riddance to him, the freeloading bastard! I hope he fries. "
And the reason I think I should say this is, he would never forgive me if I didn't, if I threw away this opportunity to shock you all on his behalf. Anything for him but mindless good taste. I could hear him whispering in my ear last night as I was writing this:
"Alright, Cleese, you're very proud of being the first person to ever say 'shit' on television. If this service is really for me, just for starters, I want you to be the first person ever at a British memorial service to say 'fuck'!"
You see, the trouble is, I can't. If he were here with me now I would probably have the courage, because he always emboldened me. But the truth is, I lack his balls, his splendid defiance. And so I'll have to content myself instead with saying 'Betty Mardsen...'
But bolder and less inhibited spirits than me follow today. Jones and Idle, Gilliam and Palin. Heaven knows what the next hour will bring in Graham's name. Trousers dropping, blasphemers on pogo sticks, spectacular displays of high-speed farting, synchronised incest. One of the four is planning to stuff a dead ocelot and a 1922 Remington typewriter up his own arse to the sound of the second movement of Elgar's cello concerto. And that's in the first half.
Because you see, Gray would have wanted it this way. Really. Anything for him but mindless good taste. And that's what I'll always remember about him---apart, of course, from his Olympian extravagance. He was the prince of bad taste. He loved to shock. In fact, Gray, more than anyone I knew, embodied and symbolised all that was most offensive and juvenile in Monty Python. And his delight in shocking people led him on to greater and greater feats. I like to think of him as the pioneering beacon that beat the path along which fainter spirits could follow.
Some memories. I remember writing the undertaker speech with him, and him suggesting the punch line, 'All right, we'll eat her, but if you feel bad about it afterwards, we'll dig a grave and you can throw up into it.' I remember discovering in 1969, when we wrote every day at the flat where Connie Booth and I lived, that he'd recently discovered the game of printing four-letter words on neat little squares of paper, and then quietly placing them at strategic points around our flat, forcing Connie and me into frantic last minute paper chases whenever we were expecting important guests.
I remember him at BBC parties crawling around on all fours, rubbing himself affectionately against the legs of gray-suited executives, and delicately nibbling the more appetizing female calves. Mrs. Eric Morecambe remembers that too.
I remember his being invited to speak at the Oxford union, and entering the chamber dressed as a carrot---a full length orange tapering costume with a large, bright green sprig as a hat----and then, when his turn came to speak, refusing to do so. He just stood there, literally speechless, for twenty minutes, smiling beatifically. The only time in world history that a totally silent man has succeeded in inciting a riot.
I remember Graham receiving a Sun newspaper TV award from Reggie Maudling. Who else! And taking the trophy falling to the ground and crawling all the way back to his table, screaming loudly, as loudly as he could. And if you remember Gray, that was very loud indeed.
It is magnificent, isn't it? You see, the thing about shock... is not that it upsets some people, I think; I think that it gives others a momentary joy of liberation, as we realised in that instant that the social rules that constrict our lives so terribly are not actually very important.
Well, Gray can't do that for us anymore. He's gone. He is an ex-Chapman. All we have of him now is our memories. But it will be some time before they fade.

Si no fuera por la inmensidad del espacio que se da da entre un autor y su obra, la historia de la cultura sería insalvable.
Mañana sale con la condicional. Tremendo para los Trintignant. La música gana.

Nuestro pobre cerebro, que bastante pena tiene con tener que cargar con un cuerpo que ni por asomo parece haber evolucionado tan rápido como él, está siendo observado desde hace años por otro cerebro igual de perdido que él en busca del origen de todos nuestros males, en busca de todos nuestros fallos, en busca de una última razón que nos permita abdicar definitivamente de cualquier tipo de responsabilidad sobre nuestro cotidiano hacer.
¿Libre albedrío o determinismo? ¿Solos o con Dios? ¿Responsables o adoptados? ¿Creadores o copiadores?
Ahora hasta la tendencia política se puede situar en el cerebro. A ver, ¿a quien se le ocurre en cual hay más actividad, cual es más rígido, cual hace más conexiones por minuto?
Menos mal que el estudio concluye afirmando la maleabilidad de nuestro más preciado órgano. Me niego a ser un robot. Antes salto del barco, o del tren, o de lo que sea. O no salto porque eso es lo que se espera de mi mapa cerebral, o sí salto, o no...
¡Bendito gen de la incertidumbre!

O la niña o la madre o las dos. La niña por esa mirada y porque su mami cuenta en su diario que le absorbía todas sus fuerzas. La madre por llevar una chapa con la foto de la niña colgada del cinturón y vestir a conjunto con el peluche rosa de la niña. Las dos por estar relacionadas con el padre de la criatura que es quien ha decidido contratar al mismo abogado que Pinochet (sólo eso ya debería ser delito).
Si no son ellos es una lástima que se les esté acusando desde tantos medios y colas del pan, pero después de montar semejante campaña mediática tienen que asumir las consecuencias. (Y pese a ello ¿quien no usaría todos los medios a su alcance para recuperar a su hija?)
Si no son ellos todos nos sentiremos algo incómodos por no haber podido evitar sospechar de ellos y habernos montado películas increíbles a su costa, incluso de habernos carcajeado con algunos de los detalles.
Si son ellos nos recrearemos con los detalles y pasaremos unos cuantos días (probablemente no más de tres o cuatro, pues en breve nos proporcionarán otra distracción) oyendo aquello de “Yo la lo dije” o “Se venía venir”. Y es que el juego que ha dado esta noticia nos ha unido a nivel planetario más que cualquier política global o atentado desolador. Probablemente el hecho de que la mayoría prefiera que sea la madre la culpable de la muerte y desaparición de la niña se deba a esa extraña necesidad de experimentar cada vez emociones más fuertes.
Pero me parece una pena y lamentable que estemos todos en vilo por una sola niñita perdida cuando hay millones de niños, niñas, padres y adultos sufriendo continuamente muertes injustas y enfermedades curables.
Pese a todo, como hecho real es realmente triste sea cual sea la explicación. Es atroz. Tan atroz que probablemente el inconsciente colectivo ha transformado toda la historia en un thriller para poder enfrentarse a ella con el grado de desapego suficiente para la supervivencia. Y hay que reconocer que como película del verano y del otoño ofrece todos los detalles de un bien estructurado thriller. Sólo queda por ver si esta vez la realidad también supera la ficción. ¿Será la madre? ¿Será el padre? ¿Será un amigo? ¿Un vecino? ¿El cura? O como apuntó alguien el otro día en la cresta de las apuestas: ¿Será Beckam?


De nuevo la muerte en combate de un héroe nacional cubre las portadas de los diarios patrios y no patrios. De nuevo el esperpento del dolor ajeno hecho propio se refleja en colores vivos y lágrimas desbordadas en las páginas principales. Parece que si no te estremeces de pena con ellos eres un hijo de puta, y sin embargo…a mi me da pena por la familia y los amigos, que de tan retratados, que de tan expuestos, es como si les hubiesen quitado parte del dolor. El dolor hecho frivolidad, hecho bandera, hecho negocio, se queda en nada. El dolor se comparte, pero no se prodiga.
Por otra parte tenemos el tema de la grandeza otorgada al deporte. ¿Por qué ocupa más la muerte de Puerta que la de Umbral?
Ahí van dos reflexiones sobre el tema:
“-Señor Brul –dijo Wolf subrayando las palabras-, escuche lo que voy a contestarle. Escúcheme con atención. Sus estudios no son más que una broma. Es lo más fácil del mundo. Desde hace generaciones y generaciones, se intenta hacer creer a la gente que un ingeniero o un sabio son hombres de élite. Pues bien, yo me río; y nadie se lleva a engaño –excepto los que pretenden formar parte de esa élite-: señor Brul, es más difícil aprender a boxear que aprender matemáticas. Si no, habría en las escuelas muchas más clases de boxeo que de aritmética. Es más difícil llegar a ser un buen nadador que escribir correctamente (…) Ahora ya sabe qué opino de sus estudios. De su chochez. De su propaganda. De sus libros. De sus aulas que apestan y de los tontos de la clase que se pasan el día masturbándose. De sus lavabos llenos de mierda y de los alborotadores solapados, de los alumnos de la Escuela Normal, verdosos y gafudos, de los del Politécnico, llenos de presunción, de los de la Central, almibarados de burguesía, de los médicos ladrones y de los jueces deshonestos…qué porquería…yo me quedo con un buen combate de boxeo…también está amañado, pero por lo menos es divertido.
-Es divertido sólo por contraste .dijo el señor Brul-. Si hubiera tantos boxeadores como estudiantes, al que llevarían en triunfo sería al vencedor de las oposiciones.
-Puede ser –dijo Wolf-, pero se ha preferido propagar la cultura intelectual. Tanto mejor para la cultura física…”
(Boris Vian, La hierba roja)
“Y en lo que se refiere a la relación sujeto-objeto, no hay dos cosas más diametralmente contrapuestas que la ciencia y el deporte. Cuanto más prevalece el interés del sujeto por sí mismo, por su propio logro, por su propio mérito, sobre el interés sobre el objeto, tanto más nos acercamos a la que es evidentemente la actitud más propia del deporte, que es el culto a la pura hazaña inmanente, sin objeto, o carente de otro objeto que no sea el reflejo de la hazaña sobre el sujeto mismo, como un trofeo –medalla en su pechera o copa en su anaquel-, como un autocumplimiento, en el que el grito “I dit it!” manifiesta y agota el contenido entero del motivo, sin que el “it”, el qué concreto en que pueda consistir el término del logro (la síntesis de la urea, la última marca de los cien metros lisos, el descubrimiento de las ondas hertzianas o la coronación del Everest) tenga otro valor ni relevancia que los de haber servido de instrumento para ese “I dit it!” o kikirikí autoafirmativo.”
(Rafael Sánchez Ferlosio, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado)

He aprendido a morderme los labios
He aprendido a besarme los brazos
He aprendido a curvar la nuca
He aprendido a acariciarme la mejilla
He aprendido a juntar las piernas
He aprendido a inhalar este aire seco
y a llenar con él mis pulmones
limpios de humo
He aprendido a sacar el aire muy despacio por la nariz
He aprendido que hay tiempos largos y tiempos inacabables
He aprendido los días de la semana
Y las horas del día
Y los minutos de las horas
He aprendido los 300 kms de curvas de una carretera
Y tus curvas y tus surcos y tus baches
(Pintura de Friedrich Hundertwasser, Der weg von dir zu mir zurück)
En vacaciones los campos se visten de colores. Grises y verdes y lilas y azules. Rebaños de ovejas interrumpen la siesta en la hamaca entre dos chopos. Idiotas ovejas movidas por ningún instinto, pues no parecen ni distinguir un rastrojo de otro, no parecen oler el agua, cobardes ovejas ante un perrucho flaco y poco ladrador.
Agua fría, agua helada, cayendo por una cascada entre serpientes sibilinas apostadas en las rocas. Y sapos, muchos sapos, y muchas cigarras y muchas golondrinas. Y un pastor. Y soledad, enorme soledad. Vacaciones de resacas a la sombra y niños enmudecidos buscando renacuajos. Vacaciones de prisas. Tiempo enlentecido. Tiempo doloroso. Entre restos de trigo seco y amarronado, entre olivos grises, entre encinas verdes. El dolor existe y está ahí, entre las sombras de las sabinas. Lleva mucho tiempo agazapado, esperando a que se haga de noche para salir y sorprendernos una vez más. Piedras rojas cuarteadas por el sol. La boca se abre intentando proferir un grito y sale un hilo de voz, sin fuerza, sin voz. Asesinada por el cielo. Dueles todo.

Un día de estos se cumplió un año de la muerte de Syd Barrett y como este blog empieza a parecer el santoral de los apóstatas me he decidido a utilizarlo como excusa para un post.
Que el rock’n’roll es una fuente de gregarismo no se le escapa a nadie de más de 20 años, que pese a ello todos llegamos a sentirnos en la adolescencia completamente independientes y al margen del resto de la sociedad afiliándonos musicalmente a uno u otro bando, tampoco. La lista de partidos revolucionarios del rock’n’roll debe rayar ya en lo infinito, y la verdad es que a mí se me escapa. Me quedé con los rockers y los mods, y los hippies y los punks, y los heavies y los technos, y hasta llegué a convivir con los new wave y los new romantics, y los siniestros, y yo que sé cuantos más.
Curiosa es también la cantidad de títulos que sus líderes ostentaron. Tuvimos reinas, reyes, princesas, príncipes, duques (¿duquesas?), jefes (¿jefas?), dioses, diosas, Jesucristos, (¿Magdalenas?). Lo interesante, sin embargo, es que pese a que jerarquía no falta por ninguna parte como en cualquier institución que se precie, es una jerarquía aleatoria (contradictorio pero cierto) pues curiosamente no se pisan unos a otros, y hay quien defiende que el duque es mejor que el rey o discute si Jesucristo era más marchoso que el jefe. Es más, hasta hay más de un rey, más de un duque, como mínimo un par de Jesucristos, y decenas de dioses.
En el Orden Asesino comentaba nuestra incapacidad por vivir sin ordenar cuanto nos rodea, pues el conocimiento (ese extraño ingrediente que supuestamente nos diferencia del resto del reino animal) se basa en la diferenciación y limitación de cuanto nos rodea. Y ni el anarquista ni el relativista más pintado pueden escapar al instinto clasificatorio.
Y ¿a qué venía todo esto? A que esta mañana escuchaba en el coche Shine on you Crazy Diamond y me acordaba de que el verano pasado había muerto Syd Barrett, y pensaba en la locura y la cordura, y en cómo se rozan. Y pensaba que si le había dedicado un artículo a Dylan por su cumpleaños, qué menos que recordar a Syd Barrett que ya no iba a cumplir más.
Nunca supimos si su locura era genial por si sola o porque sus colegas de Pink Floyd la explotaron a base de bien en tantas canciones maravillosas. Lo que él hizo es bueno, pero lo que hicieron ellos fue mejor, probablemente porque él nunca se fue del todo, y era su lúcida locura la que planeaba dulce y furiosamente en el trasfondo de todos los temas.
La diferencia entre el tonto y el loco es la lucidez. El tonto tiene mermada la capacidad cognoscitiva, el loco la tiene aumentada pero distorsionada. La lucidez de la locura es riquísima y la base de muchísimos de los mejores logros culturales de nuestra especie. Y a mí la música de Pink Floyd me parece realmente uno de los mejores logros de nuestra cultura. Por ello propongo que desde esta extraña institución semi anarquista, relativista y aleatoriamente jerárquica que es el rock’n’roll, declaremos a Syd Barrett San Loco Lúcido, patrón de todos los que por dolor, amor, o cualquier otro motivo, perdieron la cordura y contemplaron fuegos artificiales en sus propias neuronas.
Happy Death Syd.
Desde la transparencia es difícil escribir. Desde la transparencia es difícil pensar. Desde la transparencia sólo se siente. Los conceptos son demasiado opacos y chocan contra ella. El silencio se impone y el sueño es fácil. Los círculos parecen cerrarse sin necesidad de cuadrarlos. El orden, antes buscado y a la vez denostado, se da de forma fácil y natural, sin imposiciones, con cariño y dulzura. Desde la transparencia uno se da cuenta de que esta sólo puede ser temporal, porque la transparencia no señala hacia dentro sino hacia fuera. La transparencia no conoce de egos, los deshace. Y sin ego sólo queda el otro, y el otro, y el otro, y así hasta llegar muy lejos. Así que uno intenta conservar un poco de esa transparencia muy dentro del alma y desde esa pequeña y a la vez enorme ración de privilegio girarse alrededor y volver hacia el mundo y sus conceptos y sus opacidades y sus costras y pensar cómo demonios vamos a conseguir borrarlas, aunque sólo sea un poco, rayita a rayita.

El otro día leí en el diario que Bob Dylan cumplía 66 años. Al igual que la semana anterior con el 40 aniversario del Sgt. Peppers de los Beatles, le cedí el cuadradito de la foto del Messenger y quité mi foto para poner una suya muy bonita en blanco y negro de cuando era joven, en la que aparece paseando del brazo de una encantadora muchacha.
Era una especie de homenaje tonto, pero me apetecía hacerlo y le añadí además una bonita frase sacada de la canción que le dedicó David Bowie, en la que define su voz como “A voice like sand and glue”.
Bueno, en fin, que me apetecía mostrar ahí a Dylan, tan entrañable y tan sublime.
Pero claro, como no tenía fotos suyas en el ordenador fui al buscador, puse su nombre y cliqué en imágenes. Había varias, muchas de ellas harto conocidas y contempladas hasta la saciedad en camisetas, pins, posters y banderas. Con rizos cortos, con rizos largos, con gafas negras, sin gafas negras, con sombrero, sin sombrero, con la guitarra colgada a la espalda, sin guitarra…
Pero había una que, pese a haber dado la vuelta al mundo en su día, nunca, que yo sepa, ha servido como imagen en ningún tipo de gadget de culto. Es la famosa foto en la que el Papa Juan Pablo II le coge la mano a Mr. Robert Zimmerman.
A muchos de sus fans nos dolió aquella imagen igual que nos había dolido que Cat Stevens se convirtiera de repente en Yusuf Islam....Y es que nos habían vendido que el rock'n'roll defendía la no sumisión a mandamases externos, que no podía ir de la mano de la política o de la religión, que debía estar desligado de cualquier institución que detentara algún tipo de poder. ¡Que ingenuos éramos! Creíamos en la libertad de expresión y nos molestaba cuando otros se expresaban de forma contraria a la nuestra. ¡Que arrogantes éramos!
Ingenuos y arrogantes, sin duda, pero no estúpidos. Porque una cosa es convertirse al Islam y otra apoyar la fatwa de Jomeini contra Rushdie. Una cosa es convertirse al cristianismo ( no está muy claro si realmente lo hizo, en cualquier caso parece que luego volvió al judaísmo más ortodoxo) y otra estrechar la mano del cabeza de una de las instituciones menos cristianas que existen.
He leído que Benedicto XVI, entonces Cardenal Ratzinger, odia a Bob Dylan y al Rock'n'Roll en general. Desde luego, parece más leído que su antecesor. Lo siento por los aperturistas, lo tienen chungo; pero a mí, la verdad, me encanta. Es la caricatura perfecta de todo lo que más me molesta de la Iglesia. El Papa Wojtyla me intranquilizaba; con su ecumenismo ladino era capaz de ampliar aún más el número de adeptos a su enorme secta. Este, en cambio, asusta, y dudo que atraiga a muchos indecisos.
Happy Birthday Bob!

“Lo dado, lo real, no es más que un reparto aleatorio. Continúo o discreto, no lo sé. El reparto está ahí y eso es todo. Y nadie lo ha dado ni nadie lo ha distribuido. Está ahí, como la nube, pasa y no deja de venir.”
Michel Serres. Hèrmes IV. La distribution.
La pregunta sobre el porqué de la postulación de un caos originario para luego proceder a su negación conduce directamente a la pregunta por ese caos, a la pregunta por su esencia.
Se suele entender por “caos” lo que no obedece a orden alguno, lo no pautado, lo ilimitado, lo confuso, lo indiferenciado…una extraña forma de ser que todavía no llega propiamente a poder ser considerado como ente. Pero ¿quién lo ha visto? ¿quién lo ha percibido? ¿quién lo ha experimentado?
Sólo se me ocurren dos respuestas y las dos conducen al mismo punto: los místicos y los visionarios; y de ellos sólo puedo hablar a partir de mis propias experiencias con ácido lisérgico, mescalina o psilocibes, substancias que a veces, muy sabiamente, han sido calificadas como “enteógenas” por su capacidad de meter al dios dentro de quien las toma, y otras veces como “visionarias” por la capacidad que producen en el que las ingiere de “ver” más allá de la realidad cotidiana. La potente alteración de la conciencia que producen lleva a traspasar lo que Aldous Huxley llamó, en su maravilloso ensayo, las “puertas de la percepción”. La realidad concreta y estática se transforma en una especie de fluido indiviso en el que todo aparece conectado y para el que el lenguaje cotidiano carece de vocablos capaces de aprehenderlo.
Si volvemos al origen de los mitos sobre la creación del mundo desde esta perspectiva, podemos fácilmente recurrir al hecho, de sobras constatado, de que todos los pueblos primitivos utilizaron o utilizan un tipo u otro de esas substancias visionarias y que por tanto sabían de qué hablaban cuando postulaban un “caos” anterior a la conciencia. El problema se origina, cuando se extrapola esa experiencia y se empieza a cosificar una teoría sobre ella que ya no tiene una base en la experiencia inmediata, sino en la más burda de las mediaciones, aquella que estafa el saber y lo cambia por lo sabido.
La noción de algo desordenado, confuso e ilimitado le va muy bien a aquel que quiere imponer su propio orden, a aquel que decide el qué, el cómo, el cuándo y el dónde. Postula confusión y venderás salvación, postula inseguridad y venderás disciplina. Una auténtica panacea.
Pero tan importante como negar el orden impuesto por otro (aquel que estafa la soberanía individual), tarea que hace años emprendieron excelentes pensadores que nos descubrieron lo malvado de la noción, es ahora negar la noción que los vendedores de pócimas salvadoras nos han intentado inculcar de caos. No se trata ya de decir que el orden sólo existe en la cabeza del que manda, sino de que el caos también existe sólo ahí. ¿Que hay confusión e incomprensión? Por supuesto. Pero equiparar eso a caos, no es más que una excusa para evitar el pensamiento crítico, ese que no hace concesiones fáciles ni se deja amedrentar por la complejidad en la que nacemos y morimos. Lo que ellos llaman “caos” no es más que la falta de su “orden”.
La incomprensión, y la confusión a que esta lleva, son congénitas al ser humano. Transformarla como por arte de magia barata en caos para poder acallarla a continuación, no es más que un intento de negar la esencia humana. Y llevar esa búsqueda ciega de orden al límite no puede conducir sino a la liquidación del hombre como tal. Es a ese orden al que podemos calificar de asesino.
Y sin embargo, esa realidad anterior a la conceptualización de la conciencia lingüística que se despliega ante nosotros, nos obliga constantemente a escoger, a emparejar y a crear nexos de unión y desunión. Lo interesante y deseable sería que cada cual fuera consciente de las líneas de demarcación de su orden particular, de cuales le son propias y cuales compartidas por los otros miembros de su cultura. Eso nos hace más autónomos y más abiertos a la comprensión de las líneas de otros pueblos.
(continuará)
Perdonar al inepto
Quim Monzó fue sometido hace unos años a una de esas terribles entrevistas metralleta en las que el entrevistador va disparando preguntas a ritmo frenético y el entrevistado apenas tiene tiempo de balbucear una respuesta coherente. ¿Un libro? ¿Una película? ¿Un viaje? ¿Un personaje con quien cenar? ¿Otro para una copa? ¿Un amor imposible? Supongo que dudaría en varias de ellas por lo maniqueas y exclusivistas, pero no pareció dudar cuando le pidieron que citara una virtud. La respuesta salió certera y afilada: “Perdonar al inepto”, y a mí me dejó extasiada. Yo era bastante más joven que ahora, con el ego todavía empujando con fuerza y la noción de humildad necesaria recién apareciendo por una esquinita de mi conciencia.
Desde entonces he aplicado o intentado aplicar el precepto unos ocho millones de veces, unas veces con más éxito que otras. A veces lo consigo sin alterar el ritmo cardíaco, otras veces acelerando mínimamente la respiración. Pero otras veces, las menos pero las más dolorosas, más o menos media hora después del acto en si, empiezo a notar un sudor frío en las manos y un agarrotamiento a nivel de corazón. Supongo que esa es la señal de que me he excedido, de que quizás en esa ocasión, no se trataba de un inepto sino de un auténtico zorrupio. Ahí van unos cuantos ejemplos:
El que miente sin saber mentir
El que pide sin saber dar
El que ofrece sin otorgar
El que promete sin cumplir
El que habla sin escuchar



