
Lo quería colgar hace un par de semanas. Más vale tarde que nunca.
- Y no tiene ninguna importancia -dijo Wolf-, si se ha vivido. Pero de lo que me quejo es de que se empiece por envejecer. Mire, señor Brul, mi punto de vista es simple: mientras exista un lugar en el que haya aire, sol y hierba, tenemos la obligación de lamentar no estar allí, sobre todo si somos jóvenes. Boris Vian. La hierba roja.
Aunque probablemente siempre haya sido así, la inmediatez y rapidez de los medios de comunicación actuales hacen cada vez más patente que el dolor ante la muerte ajena se experimenta con más o menos intensidad dependiendo de la distancia que nos separa tanto en el espacio como en la cultura de la victima. La novedad, la rareza de las circunstancias, la edad y la cantidad son baremos tanto o más importantes. La muerte o es cercana o es multitudinaria o es espelúznate, sino no vale. El dolor producido por la muerte se mide en cifras y podría incluso ser resumido en una ecuación que no diferiría demasiado de la siguiente:
Dolor = nº de muertos/ distancia del suceso x edad de las víctimas x (o elevado a) el resto de los factores.
En la que la distancia podría ser medida de la siguiente manera:
0 si eres tú el que se muere
1 si es un familiar directo con el que convives y al que quieres (las parejas cabronas no cuentan y los hijos maltratadores tampoco)
2 si es un amigo frecuente o un familiar cercano
3 si es un amigo de esos que ves cada dos años
4 si es un familiar o conocido al que no tienes mucho apego (aquí entran la mayoría de compañeros de curro, el conductor del autobús, el quiosquero y la panadera siempre y cuando no sean ni tu padre ni tu amante. En ese caso saltan a las primeras categorías)
5 si es un vecino (y no está incluido en ninguna categoría anterior – ver nota en el punto 4)
6 si es del barrio
7 si es de tu ciudad
8 si es de tu país
9 si es de tu cultura y habla tu mismo idioma
10 si se dedica a lo mismo que tú (corporativismo puro y duro)
11 si vive a más de 3.000 km de distancia
12 si vive en centro o Sudamérica
13 si vive en Asia
14 si vive en África (a estos según en que zona concreta mueren no hace falta ni contabilizarlos)
Etc…..
Y la edad de forma proporcionalmente inversa a los años acumulados. Es decir, a menos edad coeficiente más alto.
De 0 a 10 años = 10
De 10 a 20 años = 8
De 20 a 40 = 7
De 40 a 60 = 6
De 60 a 70 = 5
De 70 a 80 = 4
De 80 a 90 = 2
De 90 a 100 = 1
Ejemplos:
1 bebé muerto/ en tu casa = 1/ 1 x 10= 10 unidades de dolor o melladas (término que acabo de acuñar y me gusta)
1 muerto de 45 años/ en Ecuador = 1/12 x 6 mellada
Y así……..
Todo este largo y extenso preámbulo no es más que un intento por superar la criptitud de la que muy acertadamente se me ha acusado en los últimos tiempos. Y de paso acuño otra palabreja: criptitud. La definiría pero se me hace difícil encontrar los términos y además no puedo superarla tan de golpe. Lo del terror a los tiburones fue más fácil. (Ja, ja ,ja, volví a caer….)
Pero este post no es de risa. Ni mucho menos.
Hace unos días se publicó en varios medios de prensa la foto del primer inmigrante que apareció muerto en una playa española. Amaneció en la playa de Tarifa y no tenía pinta de ir a hacer surf. Fue en 1988. Desde aquel día han aparecido 18.000 más. Y claro, 18.000 muertos en nuestras playas son muchos se mire como se mire. Es una noticia en toda regla, pues aunque a lo largo de veinte años nos hemos ido acostumbrando a que día sí día también vayan apareciendo uno o dos muertos a manos de mar y patera, 18.000 es una cifra importante y, aunque vienen de la lejana y por completo carente de importancia África, mueren aquí mismo y la edad media de los tripulantes suele ser bastante baja ya que a veces hay bebes y mujeres embarazadas entre las víctimas. Vaya, que es una buena mellada.
Pero claro, cuando todo el dolor se reduce a un juego de cifras uno no puede evitar aspirar a los números redondos. 18.000 son muchos, pero 20.000… ¡20.000 son la hostia!
Y el otro día mientras se mezclaban en mi retina la foto del pobre desdichado que se había dejado la vida en el estrecho y la cifra 18.000 en los titulares no pude evitar imaginarme que un día llegaría otro que tampoco lo conseguiría y que sería el inmigrante muerto en el intento de llegar a la costa española número 20.000. Un hito bien triste en el mundo del dolor cifrado. Porque en ese mundo repugnante el muerto 20.000 causa más mellada que el 19.999 o el 20.002.
Y me imaginaba un mundo completamente desbocado en su necesidad de emociones fuertes en el que la figura del héroe muerto es mucho más apreciada que la del desdichado salvado. Y me imaginaba que se organizaba un concurso para recibir al inmigrante muerto por mar y patera número 20.000. Y en mi retina se mezclaban vertiginosamente la foto de 1988 y la cifra que empieza por 18 y los colores difusos pero chillones de un comité de bienvenida con orquestina y charanga vitoreando bajo alegres guirnaldas al número 20.000. Y me preguntaba quién le recibiría y cuál sería su premio y cómo se recibe a un muerto y cómo se le entrega el premio y si habría peleas para llegar y si moriría alguno, aterido de frío, por esperar y no ser el mero y don nadie 19.999. Y la posibilidad de que hubiera patrocinadores entre el sector de la náutica, entre marcas deportivas, bebidas energéticas, gafas de sol, hoteles….
P.D. En el subsuelo de la ciudad condal vive un mendigo que no tiene piernas. Su cuerpo acaba en un par de muñones a la altura de la rótula de los que salen un par de tornillos. A esos tornillos atornilla un par de prótesis rudimentarias cuando quiere caminar. Cuando lo que quiere es pedir las deja a su lado. La verdad es que es bastante impactante, pero lo realmente salvaje es que cuando lo que quiere es dormir las utiliza como almohada. Así de paso se asegura de que no se las roban. No podría correr detrás del ladrón. Yo paso cada día por su lado. Paso y camino y sigo y me extraño de seguir caminando y pasando.


Quizás me esté volviendo vieja (eso seguro, pero vosotros también) y suspicaz. Pero la portada de El País de hoy me ha dejado a cuadros. Hace ya un tiempo que noto como tiende al amarilleo y se acerca peligrosamente al rosa en el tratamiento de algunas noticias, pero hasta hoy se daba sólo en páginas muy muy interiores. Lo de hoy, en plena página 1, esa que todos ven nada más desplegar el diario, me ha desmontado. Se trata de la foto de una niña. Una niña paquistaní. Una niña paquistaní que huye de la guerra. Y sin embargo…
Estamos ya todos muy curtidos a estas alturas de nuestras vidas de la utilización espuria de las imágenes que acompañan los textos de las noticias. Hartos de ver como una imagen falseada puede convertirse en noticia por sí misma. Pero hoy… La foto es de una niña que huye de la guerra y sin embargo…
Me la imagino como reclamo publicitario de cualquier marca de ropa infantil, o juvenil, o de adulto que se niega a crecer, ¡qué más da! Me la imagino habiéndose sometido a tres horas de sesión de maquillaje y peluquería. Me imagino a un diseñador retocando el resultado casi perfecto con el photo-shop para hacerla ya divina. Grandes ojos inquisidores, labios carnosos y sensuales, pelo estudiadamente despeinado, ligeras ojeras. ¡Un sueño! ¡Una Lolita!
Y sin embargo… es real. La ética choca de pleno con la estética. La bondad de la noticia con la estética dominante. A veces la belleza resulta demasiado bella para transmitir la verdad. Lo sublime empaña.

Sinceras, francas, ladinas, que no ven, que hacen ver que no ven, que no quieren ver, simpáticas, divertidas, libidinosas, graciosas, tristes, amargadas, cansadas, extenuadas, arrugadas, serias, inquisitivas, repasadoras, censuradoras, pizpiretas, desviadas, intrigantes, frescas...
¡Cuan enjundiosos son los trayectos matinales!
Hace tiempo que este blog no ejerce de santoral del rock'n'roll.
Sólo por esta canción, de la que fue coautor, Rick Wright se merece un puesto aquí.
Era el teclista de Pink Floyd y murió ayer.

Al igual que Isaiah Berlin distinguía entre libertad positiva y libertad negativa, podemos distinguir entre creencia positiva y creencia negativa.
La creencia positiva disminuye de forma proporcional a como aumenta la creencia negativa.
Todo aquello en lo que dejamos de creer pasa a ser aquello en lo que no creemos.
Un cierto tipo de creencia.
Un cierto tipo de espesor neuronal.
Una cierta resaca.




2ª parte de las risas.
Después de 25 años descubro que lo de "zorrupios" estaba en el subconsciente.



Ojo
Súbditos del Imperio: hay que andarse con ojo a la hora de encandilarse con un candidato a presidente norteamericano. El hecho de que George W. Bush haya colocado tan subterráneo el listón no debe empujarnos a aceptar al primero que sepa leer una galleta sin colocarla del revés ni comerse un libro sin atragantarse. Hillary u Obama, por el bando democrático -del otro no tengo ni ganas de hablar-, pueden resultar más presentables, pero ninguno de ellos va a poder lidiar seriamente con el terrorismo internacional mientras el Gobierno de Estados Unidos, sea el que sea, no le plante cara al lobby judío ni al Gobierno de Israel. En cierta manera, el lobby e Israel son a los políticos estadounidenses lo que Lina Morgan y Paco Martínez Soria a Televisión Española, vía Cine de barrio. No importa quién gobierne: con ellos no se atreve nadie. Si algo hay cierto bajo el agujero de ozono es que nunca en sábado tarde TVE programará películas de Luis Buñuel; y nunca un gobernante USA, por legal que nos parezca, le exigirá a su homólogo israelí que su país deje de violar las leyes internacionales.
Gaza se muere, Afganistán está que ni lo toques, Pakistán mejor que ni lo mires, Irak rompe el alma verlo, como metan el pie en Irán van a saltar los alacranes, en Líbano todos tiran de una cuerda rota y a sus espaldas se abren los abismos... ¿Qué es lo que se puede arreglar? Israel. Bastaría con retirarles los créditos millonarios, ponerles sanciones serias -al fin y al cabo, tienen la atómica sin permiso; y son un país ocupante-, expulsarlos de la ONU, ya que no respetan sus resoluciones, cerrar las embajadas en Tel Aviv, vetarles en Eurovisión y en la Eurocopa, y llamarles cantamañanas cada vez que recurran al victimismo.
¿Alguien lleva ese punto en su programa? Que no nos ciegue el cambio, súbditos del Imperio. Alerta.
Maruja Torres









Hay veces en las que la velocidad de la piel que recubre tus actos se enlentece hasta situarlos bajo la lente del microscopio. Epifanías, más o menos agradecidas. Unas cuantas, notas tus pies levantándose del suelo pulgada a pulgada, y empujándote hacia un destino inexorable, da igual si agradable o no. Otras, las expresiones de los que te rodean se muestran a cámara lenta, arrugándose y estirándose hasta formar espantosas caricaturas con un simple arqueamiento de cejas o un leve descenso de la comisura de los labios. Hay momentos en los que la música se descompone hasta desaparecer en un tiempo más lento que la más lenta de las lentas redondas, y otras en las que la estridencia de las notas más agudas parece amenazar con perforarte el tímpano. Hay incluso veces en las que se da la sinestesia y el olor se ve y el tacto se oye.
A mí me es especialmente fácil pasar del oído al tacto.
A mi me es especialmente fácil darme cuenta cuando me pongo borde de que me estoy poniendo borde. A cámara lenta. Muy lenta. Y me imagino cogiendo un cigarrillo y experimentando por enésima vez cómo la velocidad de expiración del humo es relativamente proporcional a la velocidad de salida de esa borde que se estaba apoderando de mí.
Líneas escritas con un cigarrillo de plástico mentolado rechinando entre los dientes. Muy, muy despacio.
Es lo que tiene dejar de fumar por enésima vez y pasar la tarde con una buena amiga. Entre eso y el ser perdiz... algún día tenía que caer la cursilada.
Ciertamente nunca me pareció muy sexy, pero como interprete de clásicos americanos me parece insuperable.

Cada mañana cojo el metro. Ferrocarriles de la Generalitat (la versión pija del asunto) y el propiamente llamado Metro (el metro en sí, el noúmeno, el auténtico “underground”).
Esta mañana, sin manos libres con las que aguantar un diario, leía entre las cabezas de los pasajeros que los detenidos el otro día en el Raval pretendían atentar ahí abajo, que tres de ellos se querían inmolar y hacer saltar los vagones por el aire.
Me imagino a Ricard que va solo al cole un ratito antes que yo. A Sara, que va con toda la clase, a Marta que viaja a mi lado con su mochila atiborrada de libros.
Recuerdo las imágenes de las noticias de ayer en televisión. Palestinos derribando un muro y saltándolo, escapando como una bebida gaseosa después de ser encerrada en una lata y salvajemente agitada.
Llego al cole y suelto en secretaría una trompa, una trompeta, un maletín de partituras y una mochila de natación. Vuelvo a la calle y al metro. Ahora sólo llevo un bolso y puedo coger el diario. Lo leo detenidamente. La vieja nausea se empieza a apoderar de mí. Recuerdo a mi abuela, cuya máxima ambición cuando tenía 95 años era tenernos a todos a su lado día y noche. El terror al terror, al dolor, al vacío.
El desequilibrio hormonal no ayuda. Empeora las cosas. Pienso en dejarme barba y coger un fusil. Marcharme lejos. Acertar en el blanco. ¡La rabia es terrible!
Pero no hay blanco. No serviría de nada. Es una mierda.
Llego a la columna de Cris F. Recomienda que soltemos el bolso y lo metamos todo en los bolsillos. Me hubiera encantado cruzarme con ella esta mañana. Habríamos abierto las fundas de los instrumentos y improvisado un concierto en medio del andén. Me imagino el vagón saltando por los aires y la música sonando por encima. Es una mierda.

¡Qué días aquellos en que la frase “sólo sé que no sé nada” marcaba nuestro espíritu con un trazo profundo de austeridad intelectualoide!
La sentencia señalaba las infinitas puertas que se iban abriendo gracias a nuestro esfuerzo neuronal y al cansancio de nuestros ojos que leían, insaciables, tratados y compendios, dando paso a otra infinidad aún mayor de puertas cerradas que nos mostraba la imposibilidad de que nuestras neuronas fueran capaces algún día de lidiar con todos aquellos conocimientos.
La certeza de la humilde ignorancia era de una preciosidad que rayaba lo sublime. Era la insignia de la sabiduría. Llegar a interiorizar realmente la oración era estar pedantemente a salvo de la pedantería.
Me duele, y a la vez me libera, constatar que ya no puedo afirmarla. Ya no sé lo que sé ni lo que no sé; no tengo claro que haya cosas que quiera saber, ni recuerdo demasiado bien las que supuestamente supe.
La certeza ha desaparecido. Quiero creer que para bien. Se ha llevado una buena dosis de pedantería. Sé algunas cosas y sé que la infinidad de puertas es un mero espejismo de la mente jugando a autoalimentarse en sus momentos de ocio aristocrático.
Las neuronas se relajan. Es la vejez. Los mayores de 70 no deberían gobernar.
La falta de noticias no es siempre señal de buenas noticias. En este caso sí. Es lo que tiene la felicidad, que suele ser tremendamente improductiva.
Mientras tanto, el video de una canción que siempre consigue arrancarme una cuantas sonrisas por las mañanas.


Esta mañana mi coche no funcionaba demasiado bien. Estaba como tenso y agarrotado, le faltaba brío y alegría. De hecho estaba enfadado, muy enfadado, porque ayer amenacé con dejarlo durmiendo con un cepo en las ruedas y largarme caminando hasta casa. Y es que ayer soplé y soplé a gusto. Conseguí una bonita colección de boquillas. Si no es por Marc, que parece no transmitir el efecto del alcohol a la maquinita, mi querido coche todavía estaría con el cepo puesto.
Era la primera vez que daba positivo en un control, aunque para mi vergüenza debo admitir que podía haber dado positivo mil veces si me hubieran parado más a menudo.
Me hicieron soplar las tres veces de rigor y como aquello estaba claro, clarito, me fui a casa con una bonita multa y cuatro puntos menos en mi haber. Además tengo una propuesta de suspensión de carnet de tres meses. No sé quien decide eso ni en qué se basa para decidirlo a posteriori. ¿Investigarán mi curriculum? ¿Entrevistarán a mis amigos? ¿Buscaran indicios incriminatorios en mi basura?
Mi consuelo (uno intenta consolarse como sea e intenta no pensar lo a gusto que se habría gastado el importe de la multa en cualquier otra cosa) es que por los pelos no superé el límite penal y no tendré que responder delante de ningún juez. Mi mayor cabreo es que el amable Mosso d’escuadra que me multó me informó que en caso supuesto de que quien sea decida retirarme el carnet durante tres meses, podré elegir cuando me lo retiran.
¡Alucinante! ¡Hacen la ley y ellos mismos hacen la trampa! ¿Qué tipo de sanción es esa? ¿Así pretenden acojonarnos? ¿Se ha institucionalizado la figura del poli bueno – poli malo? ¿Malos pero buenos? ¿Presión del colectivo de transportistas? ¿El derecho al coche como herramienta de trabajo manda sobre el deber de no conducir ebrio? Mi resaca me impide centrarme demasiado en el tema, pero me parece una sanción de risa. Yo me lo quitaba ya mismo. Por cretina.
Y unas cuantas más...
Graham Chapman, co-author of the 'Parrot Sketch,' is no more.
He has ceased to be, bereft of life, he rests in peace, he has kicked the bucket, hopped the twig, bit the dust, snuffed it, breathed his last, and gone to meet the Great Head of Light Entertainment in the sky, and I guess that we're all thinking how sad it is that a man of such talent, such capability and kindness, of such intelligence should now be so suddenly spirited away at the age of only forty-eight, before he'd achieved many of the things of which he was capable, and before he'd had enough fun.
Well, I feel that I should say, "Nonsense. Good riddance to him, the freeloading bastard! I hope he fries. "
And the reason I think I should say this is, he would never forgive me if I didn't, if I threw away this opportunity to shock you all on his behalf. Anything for him but mindless good taste. I could hear him whispering in my ear last night as I was writing this:
"Alright, Cleese, you're very proud of being the first person to ever say 'shit' on television. If this service is really for me, just for starters, I want you to be the first person ever at a British memorial service to say 'fuck'!"
You see, the trouble is, I can't. If he were here with me now I would probably have the courage, because he always emboldened me. But the truth is, I lack his balls, his splendid defiance. And so I'll have to content myself instead with saying 'Betty Mardsen...'
But bolder and less inhibited spirits than me follow today. Jones and Idle, Gilliam and Palin. Heaven knows what the next hour will bring in Graham's name. Trousers dropping, blasphemers on pogo sticks, spectacular displays of high-speed farting, synchronised incest. One of the four is planning to stuff a dead ocelot and a 1922 Remington typewriter up his own arse to the sound of the second movement of Elgar's cello concerto. And that's in the first half.
Because you see, Gray would have wanted it this way. Really. Anything for him but mindless good taste. And that's what I'll always remember about him---apart, of course, from his Olympian extravagance. He was the prince of bad taste. He loved to shock. In fact, Gray, more than anyone I knew, embodied and symbolised all that was most offensive and juvenile in Monty Python. And his delight in shocking people led him on to greater and greater feats. I like to think of him as the pioneering beacon that beat the path along which fainter spirits could follow.
Some memories. I remember writing the undertaker speech with him, and him suggesting the punch line, 'All right, we'll eat her, but if you feel bad about it afterwards, we'll dig a grave and you can throw up into it.' I remember discovering in 1969, when we wrote every day at the flat where Connie Booth and I lived, that he'd recently discovered the game of printing four-letter words on neat little squares of paper, and then quietly placing them at strategic points around our flat, forcing Connie and me into frantic last minute paper chases whenever we were expecting important guests.
I remember him at BBC parties crawling around on all fours, rubbing himself affectionately against the legs of gray-suited executives, and delicately nibbling the more appetizing female calves. Mrs. Eric Morecambe remembers that too.
I remember his being invited to speak at the Oxford union, and entering the chamber dressed as a carrot---a full length orange tapering costume with a large, bright green sprig as a hat----and then, when his turn came to speak, refusing to do so. He just stood there, literally speechless, for twenty minutes, smiling beatifically. The only time in world history that a totally silent man has succeeded in inciting a riot.
I remember Graham receiving a Sun newspaper TV award from Reggie Maudling. Who else! And taking the trophy falling to the ground and crawling all the way back to his table, screaming loudly, as loudly as he could. And if you remember Gray, that was very loud indeed.
It is magnificent, isn't it? You see, the thing about shock... is not that it upsets some people, I think; I think that it gives others a momentary joy of liberation, as we realised in that instant that the social rules that constrict our lives so terribly are not actually very important.
Well, Gray can't do that for us anymore. He's gone. He is an ex-Chapman. All we have of him now is our memories. But it will be some time before they fade.

Si no fuera por la inmensidad del espacio que se da da entre un autor y su obra, la historia de la cultura sería insalvable.
Mañana sale con la condicional. Tremendo para los Trintignant. La música gana.

Nuestro pobre cerebro, que bastante pena tiene con tener que cargar con un cuerpo que ni por asomo parece haber evolucionado tan rápido como él, está siendo observado desde hace años por otro cerebro igual de perdido que él en busca del origen de todos nuestros males, en busca de todos nuestros fallos, en busca de una última razón que nos permita abdicar definitivamente de cualquier tipo de responsabilidad sobre nuestro cotidiano hacer.
¿Libre albedrío o determinismo? ¿Solos o con Dios? ¿Responsables o adoptados? ¿Creadores o copiadores?
Ahora hasta la tendencia política se puede situar en el cerebro. A ver, ¿a quien se le ocurre en cual hay más actividad, cual es más rígido, cual hace más conexiones por minuto?
Menos mal que el estudio concluye afirmando la maleabilidad de nuestro más preciado órgano. Me niego a ser un robot. Antes salto del barco, o del tren, o de lo que sea. O no salto porque eso es lo que se espera de mi mapa cerebral, o sí salto, o no...
¡Bendito gen de la incertidumbre!

O la niña o la madre o las dos. La niña por esa mirada y porque su mami cuenta en su diario que le absorbía todas sus fuerzas. La madre por llevar una chapa con la foto de la niña colgada del cinturón y vestir a conjunto con el peluche rosa de la niña. Las dos por estar relacionadas con el padre de la criatura que es quien ha decidido contratar al mismo abogado que Pinochet (sólo eso ya debería ser delito).
Si no son ellos es una lástima que se les esté acusando desde tantos medios y colas del pan, pero después de montar semejante campaña mediática tienen que asumir las consecuencias. (Y pese a ello ¿quien no usaría todos los medios a su alcance para recuperar a su hija?)
Si no son ellos todos nos sentiremos algo incómodos por no haber podido evitar sospechar de ellos y habernos montado películas increíbles a su costa, incluso de habernos carcajeado con algunos de los detalles.
Si son ellos nos recrearemos con los detalles y pasaremos unos cuantos días (probablemente no más de tres o cuatro, pues en breve nos proporcionarán otra distracción) oyendo aquello de “Yo la lo dije” o “Se venía venir”. Y es que el juego que ha dado esta noticia nos ha unido a nivel planetario más que cualquier política global o atentado desolador. Probablemente el hecho de que la mayoría prefiera que sea la madre la culpable de la muerte y desaparición de la niña se deba a esa extraña necesidad de experimentar cada vez emociones más fuertes.
Pero me parece una pena y lamentable que estemos todos en vilo por una sola niñita perdida cuando hay millones de niños, niñas, padres y adultos sufriendo continuamente muertes injustas y enfermedades curables.
Pese a todo, como hecho real es realmente triste sea cual sea la explicación. Es atroz. Tan atroz que probablemente el inconsciente colectivo ha transformado toda la historia en un thriller para poder enfrentarse a ella con el grado de desapego suficiente para la supervivencia. Y hay que reconocer que como película del verano y del otoño ofrece todos los detalles de un bien estructurado thriller. Sólo queda por ver si esta vez la realidad también supera la ficción. ¿Será la madre? ¿Será el padre? ¿Será un amigo? ¿Un vecino? ¿El cura? O como apuntó alguien el otro día en la cresta de las apuestas: ¿Será Beckam?


De nuevo la muerte en combate de un héroe nacional cubre las portadas de los diarios patrios y no patrios. De nuevo el esperpento del dolor ajeno hecho propio se refleja en colores vivos y lágrimas desbordadas en las páginas principales. Parece que si no te estremeces de pena con ellos eres un hijo de puta, y sin embargo…a mi me da pena por la familia y los amigos, que de tan retratados, que de tan expuestos, es como si les hubiesen quitado parte del dolor. El dolor hecho frivolidad, hecho bandera, hecho negocio, se queda en nada. El dolor se comparte, pero no se prodiga.
Por otra parte tenemos el tema de la grandeza otorgada al deporte. ¿Por qué ocupa más la muerte de Puerta que la de Umbral?
Ahí van dos reflexiones sobre el tema:
“-Señor Brul –dijo Wolf subrayando las palabras-, escuche lo que voy a contestarle. Escúcheme con atención. Sus estudios no son más que una broma. Es lo más fácil del mundo. Desde hace generaciones y generaciones, se intenta hacer creer a la gente que un ingeniero o un sabio son hombres de élite. Pues bien, yo me río; y nadie se lleva a engaño –excepto los que pretenden formar parte de esa élite-: señor Brul, es más difícil aprender a boxear que aprender matemáticas. Si no, habría en las escuelas muchas más clases de boxeo que de aritmética. Es más difícil llegar a ser un buen nadador que escribir correctamente (…) Ahora ya sabe qué opino de sus estudios. De su chochez. De su propaganda. De sus libros. De sus aulas que apestan y de los tontos de la clase que se pasan el día masturbándose. De sus lavabos llenos de mierda y de los alborotadores solapados, de los alumnos de la Escuela Normal, verdosos y gafudos, de los del Politécnico, llenos de presunción, de los de la Central, almibarados de burguesía, de los médicos ladrones y de los jueces deshonestos…qué porquería…yo me quedo con un buen combate de boxeo…también está amañado, pero por lo menos es divertido.
-Es divertido sólo por contraste .dijo el señor Brul-. Si hubiera tantos boxeadores como estudiantes, al que llevarían en triunfo sería al vencedor de las oposiciones.
-Puede ser –dijo Wolf-, pero se ha preferido propagar la cultura intelectual. Tanto mejor para la cultura física…”
(Boris Vian, La hierba roja)
“Y en lo que se refiere a la relación sujeto-objeto, no hay dos cosas más diametralmente contrapuestas que la ciencia y el deporte. Cuanto más prevalece el interés del sujeto por sí mismo, por su propio logro, por su propio mérito, sobre el interés sobre el objeto, tanto más nos acercamos a la que es evidentemente la actitud más propia del deporte, que es el culto a la pura hazaña inmanente, sin objeto, o carente de otro objeto que no sea el reflejo de la hazaña sobre el sujeto mismo, como un trofeo –medalla en su pechera o copa en su anaquel-, como un autocumplimiento, en el que el grito “I dit it!” manifiesta y agota el contenido entero del motivo, sin que el “it”, el qué concreto en que pueda consistir el término del logro (la síntesis de la urea, la última marca de los cien metros lisos, el descubrimiento de las ondas hertzianas o la coronación del Everest) tenga otro valor ni relevancia que los de haber servido de instrumento para ese “I dit it!” o kikirikí autoafirmativo.”
(Rafael Sánchez Ferlosio, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado)