
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡FELIZ PRIMAVERA!!!!!!!!!!!
- Y no tiene ninguna importancia -dijo Wolf-, si se ha vivido. Pero de lo que me quejo es de que se empiece por envejecer. Mire, señor Brul, mi punto de vista es simple: mientras exista un lugar en el que haya aire, sol y hierba, tenemos la obligación de lamentar no estar allí, sobre todo si somos jóvenes. Boris Vian. La hierba roja.






Hay veces en las que la velocidad de la piel que recubre tus actos se enlentece hasta situarlos bajo la lente del microscopio. Epifanías, más o menos agradecidas. Unas cuantas, notas tus pies levantándose del suelo pulgada a pulgada, y empujándote hacia un destino inexorable, da igual si agradable o no. Otras, las expresiones de los que te rodean se muestran a cámara lenta, arrugándose y estirándose hasta formar espantosas caricaturas con un simple arqueamiento de cejas o un leve descenso de la comisura de los labios. Hay momentos en los que la música se descompone hasta desaparecer en un tiempo más lento que la más lenta de las lentas redondas, y otras en las que la estridencia de las notas más agudas parece amenazar con perforarte el tímpano. Hay incluso veces en las que se da la sinestesia y el olor se ve y el tacto se oye.
A mí me es especialmente fácil pasar del oído al tacto.
A mi me es especialmente fácil darme cuenta cuando me pongo borde de que me estoy poniendo borde. A cámara lenta. Muy lenta. Y me imagino cogiendo un cigarrillo y experimentando por enésima vez cómo la velocidad de expiración del humo es relativamente proporcional a la velocidad de salida de esa borde que se estaba apoderando de mí.
Líneas escritas con un cigarrillo de plástico mentolado rechinando entre los dientes. Muy, muy despacio.
Es lo que tiene dejar de fumar por enésima vez y pasar la tarde con una buena amiga. Entre eso y el ser perdiz... algún día tenía que caer la cursilada.
Ciertamente nunca me pareció muy sexy, pero como interprete de clásicos americanos me parece insuperable.

Cada mañana cojo el metro. Ferrocarriles de la Generalitat (la versión pija del asunto) y el propiamente llamado Metro (el metro en sí, el noúmeno, el auténtico “underground”).
Esta mañana, sin manos libres con las que aguantar un diario, leía entre las cabezas de los pasajeros que los detenidos el otro día en el Raval pretendían atentar ahí abajo, que tres de ellos se querían inmolar y hacer saltar los vagones por el aire.
Me imagino a Ricard que va solo al cole un ratito antes que yo. A Sara, que va con toda la clase, a Marta que viaja a mi lado con su mochila atiborrada de libros.
Recuerdo las imágenes de las noticias de ayer en televisión. Palestinos derribando un muro y saltándolo, escapando como una bebida gaseosa después de ser encerrada en una lata y salvajemente agitada.
Llego al cole y suelto en secretaría una trompa, una trompeta, un maletín de partituras y una mochila de natación. Vuelvo a la calle y al metro. Ahora sólo llevo un bolso y puedo coger el diario. Lo leo detenidamente. La vieja nausea se empieza a apoderar de mí. Recuerdo a mi abuela, cuya máxima ambición cuando tenía 95 años era tenernos a todos a su lado día y noche. El terror al terror, al dolor, al vacío.
El desequilibrio hormonal no ayuda. Empeora las cosas. Pienso en dejarme barba y coger un fusil. Marcharme lejos. Acertar en el blanco. ¡La rabia es terrible!
Pero no hay blanco. No serviría de nada. Es una mierda.
Llego a la columna de Cris F. Recomienda que soltemos el bolso y lo metamos todo en los bolsillos. Me hubiera encantado cruzarme con ella esta mañana. Habríamos abierto las fundas de los instrumentos y improvisado un concierto en medio del andén. Me imagino el vagón saltando por los aires y la música sonando por encima. Es una mierda.

¡Qué días aquellos en que la frase “sólo sé que no sé nada” marcaba nuestro espíritu con un trazo profundo de austeridad intelectualoide!
La sentencia señalaba las infinitas puertas que se iban abriendo gracias a nuestro esfuerzo neuronal y al cansancio de nuestros ojos que leían, insaciables, tratados y compendios, dando paso a otra infinidad aún mayor de puertas cerradas que nos mostraba la imposibilidad de que nuestras neuronas fueran capaces algún día de lidiar con todos aquellos conocimientos.
La certeza de la humilde ignorancia era de una preciosidad que rayaba lo sublime. Era la insignia de la sabiduría. Llegar a interiorizar realmente la oración era estar pedantemente a salvo de la pedantería.
Me duele, y a la vez me libera, constatar que ya no puedo afirmarla. Ya no sé lo que sé ni lo que no sé; no tengo claro que haya cosas que quiera saber, ni recuerdo demasiado bien las que supuestamente supe.
La certeza ha desaparecido. Quiero creer que para bien. Se ha llevado una buena dosis de pedantería. Sé algunas cosas y sé que la infinidad de puertas es un mero espejismo de la mente jugando a autoalimentarse en sus momentos de ocio aristocrático.
Las neuronas se relajan. Es la vejez. Los mayores de 70 no deberían gobernar.
La falta de noticias no es siempre señal de buenas noticias. En este caso sí. Es lo que tiene la felicidad, que suele ser tremendamente improductiva.
Mientras tanto, el video de una canción que siempre consigue arrancarme una cuantas sonrisas por las mañanas.


Esta mañana mi coche no funcionaba demasiado bien. Estaba como tenso y agarrotado, le faltaba brío y alegría. De hecho estaba enfadado, muy enfadado, porque ayer amenacé con dejarlo durmiendo con un cepo en las ruedas y largarme caminando hasta casa. Y es que ayer soplé y soplé a gusto. Conseguí una bonita colección de boquillas. Si no es por Marc, que parece no transmitir el efecto del alcohol a la maquinita, mi querido coche todavía estaría con el cepo puesto.
Era la primera vez que daba positivo en un control, aunque para mi vergüenza debo admitir que podía haber dado positivo mil veces si me hubieran parado más a menudo.
Me hicieron soplar las tres veces de rigor y como aquello estaba claro, clarito, me fui a casa con una bonita multa y cuatro puntos menos en mi haber. Además tengo una propuesta de suspensión de carnet de tres meses. No sé quien decide eso ni en qué se basa para decidirlo a posteriori. ¿Investigarán mi curriculum? ¿Entrevistarán a mis amigos? ¿Buscaran indicios incriminatorios en mi basura?
Mi consuelo (uno intenta consolarse como sea e intenta no pensar lo a gusto que se habría gastado el importe de la multa en cualquier otra cosa) es que por los pelos no superé el límite penal y no tendré que responder delante de ningún juez. Mi mayor cabreo es que el amable Mosso d’escuadra que me multó me informó que en caso supuesto de que quien sea decida retirarme el carnet durante tres meses, podré elegir cuando me lo retiran.
¡Alucinante! ¡Hacen la ley y ellos mismos hacen la trampa! ¿Qué tipo de sanción es esa? ¿Así pretenden acojonarnos? ¿Se ha institucionalizado la figura del poli bueno – poli malo? ¿Malos pero buenos? ¿Presión del colectivo de transportistas? ¿El derecho al coche como herramienta de trabajo manda sobre el deber de no conducir ebrio? Mi resaca me impide centrarme demasiado en el tema, pero me parece una sanción de risa. Yo me lo quitaba ya mismo. Por cretina.
Y unas cuantas más...
Graham Chapman, co-author of the 'Parrot Sketch,' is no more.
He has ceased to be, bereft of life, he rests in peace, he has kicked the bucket, hopped the twig, bit the dust, snuffed it, breathed his last, and gone to meet the Great Head of Light Entertainment in the sky, and I guess that we're all thinking how sad it is that a man of such talent, such capability and kindness, of such intelligence should now be so suddenly spirited away at the age of only forty-eight, before he'd achieved many of the things of which he was capable, and before he'd had enough fun.
Well, I feel that I should say, "Nonsense. Good riddance to him, the freeloading bastard! I hope he fries. "
And the reason I think I should say this is, he would never forgive me if I didn't, if I threw away this opportunity to shock you all on his behalf. Anything for him but mindless good taste. I could hear him whispering in my ear last night as I was writing this:
"Alright, Cleese, you're very proud of being the first person to ever say 'shit' on television. If this service is really for me, just for starters, I want you to be the first person ever at a British memorial service to say 'fuck'!"
You see, the trouble is, I can't. If he were here with me now I would probably have the courage, because he always emboldened me. But the truth is, I lack his balls, his splendid defiance. And so I'll have to content myself instead with saying 'Betty Mardsen...'
But bolder and less inhibited spirits than me follow today. Jones and Idle, Gilliam and Palin. Heaven knows what the next hour will bring in Graham's name. Trousers dropping, blasphemers on pogo sticks, spectacular displays of high-speed farting, synchronised incest. One of the four is planning to stuff a dead ocelot and a 1922 Remington typewriter up his own arse to the sound of the second movement of Elgar's cello concerto. And that's in the first half.
Because you see, Gray would have wanted it this way. Really. Anything for him but mindless good taste. And that's what I'll always remember about him---apart, of course, from his Olympian extravagance. He was the prince of bad taste. He loved to shock. In fact, Gray, more than anyone I knew, embodied and symbolised all that was most offensive and juvenile in Monty Python. And his delight in shocking people led him on to greater and greater feats. I like to think of him as the pioneering beacon that beat the path along which fainter spirits could follow.
Some memories. I remember writing the undertaker speech with him, and him suggesting the punch line, 'All right, we'll eat her, but if you feel bad about it afterwards, we'll dig a grave and you can throw up into it.' I remember discovering in 1969, when we wrote every day at the flat where Connie Booth and I lived, that he'd recently discovered the game of printing four-letter words on neat little squares of paper, and then quietly placing them at strategic points around our flat, forcing Connie and me into frantic last minute paper chases whenever we were expecting important guests.
I remember him at BBC parties crawling around on all fours, rubbing himself affectionately against the legs of gray-suited executives, and delicately nibbling the more appetizing female calves. Mrs. Eric Morecambe remembers that too.
I remember his being invited to speak at the Oxford union, and entering the chamber dressed as a carrot---a full length orange tapering costume with a large, bright green sprig as a hat----and then, when his turn came to speak, refusing to do so. He just stood there, literally speechless, for twenty minutes, smiling beatifically. The only time in world history that a totally silent man has succeeded in inciting a riot.
I remember Graham receiving a Sun newspaper TV award from Reggie Maudling. Who else! And taking the trophy falling to the ground and crawling all the way back to his table, screaming loudly, as loudly as he could. And if you remember Gray, that was very loud indeed.
It is magnificent, isn't it? You see, the thing about shock... is not that it upsets some people, I think; I think that it gives others a momentary joy of liberation, as we realised in that instant that the social rules that constrict our lives so terribly are not actually very important.
Well, Gray can't do that for us anymore. He's gone. He is an ex-Chapman. All we have of him now is our memories. But it will be some time before they fade.