30 de julio de 2009

Hijos de puta.

Para Marc, con amor matinal entre tostadas y cafés con leche.



A estas alturas ya todos sabemos que no es lo mismo un hijo de puta que un nacido de furcia. Aunque a veces ambos términos puedan recaer sobre el mismo tipo o tipa, el primero señala directamente al cabrón moral, al energúmeno sin escrúpulos, mientras que el segundo simplemente indica el oficio de la madre del susodicho y, aunque suele imprimir carácter, no tiene más peso calificativo que hijo de arquitecta o hijo de abogada.

El auténtico hijo de puta, o cabrón moral, es una especie que nunca ha estado ni estará en peligro de extinción mientras exista más de un ser humano en la tierra, puesto que se alimenta básicamente de los demás: de sus recursos emocionales y de sus recursos materiales.

Últimamente mi grupo favorito de esperpentos del guiñol, esos de sonrisa histriónica de los que hablaba en mi anterior post, está poniendo en bandeja varios ejemplares perfectos del tipo hijo de puta: el hijo de puta que se cree perteneciente a una élite con licencia para mangonear. Y es precisamente ese sentimiento de pertenencia a élite con licencia para mangonear lo que los convierte en hijos de puta o cabrones morales. Porque el robo y el hurto son muchas veces justificables y hasta el mangoneo en sí es fruto del perfil psicológico básico del ser humano, pero la creencia de que a uno le está permitido engrosar sus arcas personales a costa de las de los demás porque el resto pertenece a la clase perro o escoria es deleznable. Valga como ejemplo la ya antológica frase de Francisco Correa: “¿Qué hago yo aquí entre delincuentes?”

Pues na, que Francisco Camps, que se está ganando a pulso ser la estrella de este blog en detrimento del Papa, que últimamente está muy calladito, podría abrir un registro de hijos de puta al margen de la ley. Con sus amigos y conocidos tenía para unos cuantos folios.

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